Réplica a “Calidad docente, sellos y estándares”

Luis Martínez Conesa

El artículo de Marco Oma sobre “Calidad docente, sellos y estándares” (La Opinión, 18-12-2014) plantea con toda claridad una serie de cuestiones para las que cualquier docente debería tener respuestas, puesto que sin ellas la tarea de enseñar no puede tener ningún sentido. Otra cosa es que esas respuestas, que probablemente todos tenemos, hayan sido más o menos elaboradas, asumidas del ambiente, de la ideología del gremio, de los libros de pedagogía, de la propia experiencia o, lo que será más frecuente, de una mezcla de todas estas fuentes. ¿Qué significa enseñar? ¿Qué tipo de proceso o acto es éste? ¿Qué factores inciden en él? ¿Qué cualidades humanas y profesionales debe poseer un profesor? ¿Cómo pueden ponderarse las variables que constituyen el acto de enseñar y todas aquellas que rodean dicho acto e inciden en él? ¿Qué es externo y qué interno al acto de enseñar? ¿Qué relación debe haber entre el contenido y la forma o el método de enseñanza? ¿Qué es más importante, la competencia científica o la competencia didáctica? Y finalmente: qué significan conceptos como “calidad educativa”, “calidad docente” o “calidad pedagógica” y si tales “calidades” son susceptibles de una gestión análoga a la que se lleva cabo en procesos industriales o de prestación de servicios.

Vaya por delante que no me considero capaz de responder de una forma sistemática a todas estas cuestiones fundamentales y, menos aún, en unas pocas líneas. Pero sí querría hacer una serie de comentarios al artículo de Marco Oma, que, sin pretender sentar cátedra, pudieran provocar el debate.

En primer lugar, por muy especial, incluso singular, que nos parezca nuestra actividad (semi)profesional, debemos reconocer que posee muchos aspectos en común con otras muchas actividades: tal como la practicamos aquí y ahora, se trata de un servicio, público o privado, que unos ciudadanos/clientes reciben previo pago (directo o indirecto) de ciertas cantidades de dinero con las que se remunera a ciertos profesionales (docentes y no docentes), con las que se adquieren ciertos recursos materiales y con las se sufragan ciertos gastos corrientes. La calidad de este servicio, como la de cualquier otro, es valorada por todos los grupos que tienen algún interés en él (ciudadanos/clientes, empresa, administración, empleados) cuyos intereses (no siempre coincidentes) les dan un punto de vista particular para hacer esa valoración. Estos aspectos “genéricos” de nuestro trabajo lo hacen tan, o tan poco, estandarizable y uniformizable como el de cualquier otra forma de prestación de servicios, pública o privada. Por tanto, por poco que nos importen, la economía, y con ella, las tres santas (eficacia, efectividad y eficiencia) tampoco andan muy lejos de nuestra tarea. Si no nos extraña ver un sello de calidad en la fachada de un hospital, de una oficina de turismo, de un despacho de abogados o de un estudio de arquitectura, no debería extrañarnos tampoco ver un sello de calidad en la fachada de aquellos centros donde se forma a los médicos y enfermeros, a los guías turísticos, a los abogados o a los arquitectos. De hecho, todos estaremos de acuerdo en que casi todas las cosas que se hacen en un instituto pueden ser descritas como procesos, que se han debido planificar, cuyo desarrollo es relativamente controlable y cuyos resultados o productos son evaluables en función de lo que se esperaba de ellos, de tal manera que, en caso de disconformidad, se debe poder rastrear el “error”, corregirlo e incluso, llegado el caso, modificar la planificación futura. Todo el trabajo administrativo y de gestión (incluida la de los equipos directivos y los jefes de departamento, bibliotecas o actividades extraescolares) es susceptible de ser sometida a este “ciclo de la mejora continua” sobre el que han venido trabajando los teóricos de la gestión de la calidad desde hace más de 80 años. Y no debe olvidarse que el proceso de enseñanza no es completamente independiente de estos otros procesos administrativos y de gestión, cuya mejora contribuye siempre, aunque indirectamente, a la mejora de la calidad de la enseñanza.

El escollo insalvable está, según parece, en el proceso de enseñanza. Pero yo, aunque puedo ver muchas dificultades, no veo ningún escollo insalvable. A fin de cuentas, también este proceso debe estar bien planificado, debe desarrollarse controlando ciertos indicadores, debe evaluarse y debe poder corregirse y mejorarse llegado el caso. Puede que todos hagamos esto de un modo más o menos consciente, pero es bueno que sepamos que puede hacerse de una manera sistemática e incluso “científica”, esto es, que la calidad docente (esa propiedad escurridiza y misteriosa), puede gestionarse y modificarse, tan pronto como identificamos objetivos e indicadores de su logro “claros y distintos”. Las cualidades carismáticas de los profesores pueden darse o no darse, la disposición al aprendizaje de los alumnos puede variar, los métodos pedagógicos pueden ser diferentes, pero nada de esto impide que los procesos de enseñanza puedan someterse al ciclo de la mejora continua antes mencionado.

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