El MIR docente y la pedagogía, por Alberto Royo

Hay batallas que uno debe librar. Eludir la confrontación cuando está en riesgo algo tan sustancial como el futuro de nuestra sociedad, inevitablemente relacionado con la deriva de nuestra educación, supone una claudicación inaceptable. ¿Y cuál es enemigo? El enemigo es el pedagogismo, que se manifiesta por medio de la imposición de una Metodología Única, como el anillo de Sauron, y que culminará el largo proceso de devaluación de la figura del profesor y, por extensión, de la enseñanza, tal y como algunos todavía la entendemos, esa devaluación que se refleja en el sometimiento a las modas educativas y a la Santa Innovación (la innovación: un clásico de todos los tiempos), pese a que la educación debería estar al margen de tendencias, ser impermeable (¿insobornable?) a los planes de gurús, iluminados y aprovechados, y estar sólidamente anclada en la evidencia y en la experiencia.

Últimamente, está en el candelabro el llamado MIR docente. El PP, posado o robado, se muestra orgulloso de la criatura. Ciudadanos reclama la paternidad e insiste en que músicos, matemáticos o filólogos «se formen en Pedagogía». El PSOE pone algún pero a las siglas, aunque fue Rubalcaba el que habló de MIR por primera vez. Y Podemos… Bueno, Podemos habla de los recortes, como si un mal sistema pudiera convertirse en bueno solo con dinero.

Dice el principio de Hanlon que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda ser explicado por la estupidez. Pero no olvidemos los intereses económicos que se esconden tras determinados planteamientos (It’s strictly business, decía Al Pacino en El Padrino), ni descartemos el propósito de idiotizar a la sociedad (nadie hay más manipulable que un ignorante). Sea como fuere, y se deba a torpeza, avaricia o perversidad, la imagen deformada y falaz que se difunde de la educación actual y de los profesores sirve de subterfugio para intentar transformarla en una especie de institución terapéutico-emprendedora cuyo fin ya no sería salvaguardar y transmitir los distintos saberes sino tener recogidos a los muchachos, en un estado de comodidad tontorrona, en una suerte de hibernación new-age, porque, como dirían Faemino y Cansado «mejor se está aquí que delinquiendo».

Asegurar que la enseñanza es «excesivamente memorística» lleva a sugerir que se elimine la memorización (¿Puede decirse que algo se ha aprendido si no ha sido fijado en la memoria?). Juzgar que los exámenes son «discriminatorios» (lo son, desde luego; lo importante es que discriminen con justicia) o que las tareas escolares «roban la infancia a los niños» (las horas viendo la tele o jugando con dispositivos electrónicos, se conoce que sí son provechosas), propicia que se demande la supresión de unos y de otras. Hasta se nos pide a los profesores que dispensemos felicidad a nuestros alumnos, como pastillas de soma (lo cual es una estupidez, primero porque si yo enseño felicidad no puedo enseñar música; segundo, porque aprender es enriquecedor a medio o largo plazo, pero no siempre nos procura placer inmediato; tercero, porque les aseguro que a mí la música me ha dado muchos momentos de felicidad), y que condicionemos los contenidos a sus motivaciones, cuando nuestra responsabilidad no es adaptarnos a ellos sino educarles según nuestro criterio y visión experimentada, abrirles puertas en lugar de cerrárselas.

Volvamos al MIR docente, estandarte del próximo pacto educativo. ¿Se pueden resolver los problemas que el pedagogismo ha creado (el énfasis en los procedimientos en detrimento de los contenidos; el igualitarismo a la baja; un modelo fraudulento de atención a la diversidad que no se ofrece a quien lo merece sino a quien prefiere optar por el atajo…) con más pedagogismo? En ese MIR, no esperen formación en la especialidad (como en el MIR médico) sino más adoctrinamiento en pedagogías ortodoxas.

Se pretende, al mismo tiempo que se critica la supuesta homenegeneización de la escuela, imponer un modelo único de educación, una Pedagogía para gobernarlos a todos, atentando contra la libertad docente del profesor. Porque enseñar no es algo tan simple ni tan pobre como los adalides de la modernidad quieren hacer creer. La actividad que un buen docente realiza no se limita a una sola estrategia sino que requiere de una metodología variada, flexible (y muy personal) que le permita adaptarse a cada situación. ¿Y saben qué es lo esencial? Que domine profundamente su materia. Esto que acabo de decir, que a muchos escandalizará, está respaldado por la evidencia, pero sobre todo lo confirma la experiencia del día a día en el aula. Cuanto más enseñas, más te das cuenta de la importancia de estar muy por encima del nivel que impartes porque, cuanto más sabes sobre aquello que has de transmitir, más opciones, enfoques y perspectivas distintas se te aparecen, mayor es tu capacidad didáctica y más persuasiva y convincente tu manera de explicar la asignatura.

Pero no es esto lo que se lleva, no. Hoy, hay que entretener. Asombrar. Epatar. Estamos en la era del espectáculo, de O.T., de los profesores mediáticos que se suben a las mesas para que sus alumnos les aplaudan al grito de «Oh, Capitán, mi Capitán», de los premios y los congresos y los concursos y las aclamaciones y los retuits, cuando no hay labor menos mediática que la docente. Ante quienes nos acusan de no estar bien formados y nos reclaman que seamos divertidos y «grandes comunicadores», yo reivindico normalidad, naturalidad, discreción, rigor y seriedad, y les digo que solo formando personas cultas podremos aspirar a una sociedad de auténticos ciudadanos.

Alberto Royo es musicólogo, profesor de Secundaria y autor de Contra la nueva educación (Plataforma. 2016) y La sociedad gaseosa (Plataforma. 2017).

Publicado en El Mundo

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La mediocridad nos hará iguales

“Un profesor puede tener en Tercero de ESO una clase con más de treinta alumnos, dos de ellos con una ACS, dos de altas capacidades, cuatro con TDAH, tres con problemas de desestructuración familiar y unos cuantos más, simplemente, sin ningún interés por el estudio y varios años de desfase curricular”

Imagínese que usted es un entrenador profesional y lo contratan para entrenar a un equipo ciclista. En su equipo tiene al ganador del último Tour de Francia, a un grupo de jóvenes (uno de los cuales no sabe montar en bici, otro padece un trastorno que le ocasiona fobia a las bicicletas y los otros son ciclistas aficionados, no especialmente dotados; uno de ellos, además, no sabe español), también tiene en su equipo a una persona a la que le falta una pierna y a otra de 80 años, enferma del corazón. Usted le plantea al presidente de su club ciclista si sería posible que la persona a la que le falta una pierna participara en los juegos paralímpicos, la persona anciana en un campeonato para la tercera edad, los jóvenes en un campeonato amateur y el deportista de élite en la Vuelta Ciclista a España. Sigue leyendo

‘La tarima vacía’, por José Aguilar Jurado

Por José Aguilar Jurado (fuente: libertaddigital.es)

Javier Orrico es catedrático de instituto de Lengua y Literatura. Cuerpo glorioso el suyo (el de catedráticos, digo), al que Orrico no desmerece. Orrico, murciano de Caravaca, se cogió una excedencia en 1990, para dedicarse al periodismo, y regresó a las aulas en 1996, aunque siguió compaginando las clases con colaboraciones en distintos medios.orrico

Esos seis cursos que se tomó de excedencia fueron precisamente los de la implantación de la Logse, que se aprobó justo en el año 90. Así que cuando Orrico volvió, se encontró con que le habían cambiado los fundamentos de su profesión. Para él el impacto fue tremendo. Los profesores que no tuvieron esa pausa profesional también notaron (¡cómo no van a notar!) el cambio. Pero es como lo de las ranas: si a una la metes en una olla y le vas calentando poco a poco el agua, la pobre se va quedando aletargada por el calorcito hasta que se cuece. Si a otra rana la echas de golpe en el agua ya hirviendo, salta apresuradamente fuera de la olla al sentir que se abrasa.

tarimavaciaorrico.jpegOrrico es como la segunda rana. Y su salto no consistió en dejar la olla logsiana, pero sí en ponerse a escribir y despotricar contra los cabrones ranicidas. Ha escrito muchos artículos, y también algunos libros, desde los años 90, denunciando la destrucción de la enseñanza (y hablando también de otras cosas, porque Orrico toca –y da– muchos palos, incluido el de la poesía). Sobre este asunto educativo ya publicó La enseñanza destruida (Huerga y Fierro, 2005), un contundente alegato que les recomiendo vivamente, aunque no es fácil de encontrar.

Pero vayamos al que nos ocupa. La tarima vacía es un ensayo sobre la enseñanza española en los últimos 25 años. Pero la verdad es que no trata exclusivamente sobre enseñanza. Orrico entra en las causas, en las consecuencias, en los fundamentos ideológicos, en las maniobras políticas y en los cambios sociales. Es el suyo un ensayo no solo para profesores o gentes interesadas asuntos educativos, sino para cualquier lector ávido de interpretar el mundo y la España en que nos ha tocado vivir.

Me puse a leer, como suelo cuando voy a reseñar un libro, lápiz en ristre, dispuesto a subrayar y a tomar notas. Pero resulta que la obra tiene tantas frases redondas, tantos párrafos antológicos, tantas ideas memorables, que tuve que sacar punta al lápiz varias veces. Subrayé demasiado. Y ahora que busco entre tantísimos subrayados alguna cita para incluir en mi reseña, no me decido por ninguna, porque me parece que sería hacerle un feo a las otras.

El libro empieza fuerte, con el prólogo de Gregorio Salvador, que sabe del asunto, y que también ha dedicado luminosos artículos al tema que nos ocupa. Gregorio Salvador nos habla del cuerpo de catedráticos de instituto (él lo fue, antes de serlo de universidad), que era uno de los pilares de la antes llamada Enseñanza Media, y que fue dinamitado por la Logse.

Precisamente este asunto del desmantelamiento del cuerpo de catedráticos, así como el de la selección del profesorado, es uno de los que Orrico considera claves en la destrucción de la enseñanza. Orrico está muy lejos de planteamientos corporativos y amables con sus colegas. O por lo menos, con muchos de sus colegas.

En realidad, Orrico está muy lejos de planteamientos amables con todo lo que ha llevado la enseñanza española a su postración actual. Los pedagogos, en primer lugar. Pero también los sindicatos, los partidos políticos gobernantes, los partidos políticos de oposición, las mafias universitarias, los profetas de las nuevas tecnologías, los nacionalistas (extraordinario el capítulo que le dedica a la inmersión lingüística y a otras barbaridades de la política educativa autonómica) y los imbéciles de todo género y condición.

La tesis fundamental de La tarima vacía es que la Logse (y las leyes educativas que han venido detrás, que no cambian en absoluto los principios de la Logse) perjudica a todo el mundo: a los profesores, a los educandos y a la nación entera, pero sobre todo a los chicos de las clases menos privilegiadas. Que el hecho de que se hayan descafeinado los contenidos educativos en aras de un igualitarismo memo ha destrozado la única palanca de ascenso social de los pobres: una enseñanza pública exigente y rigurosa. Bueno, en realidad no a todo el mundo perjudica. Hay muchos que han medrado y que viven muy bien a costa del desastre. Orrico también nos los desvela.

Y es que que en La tarima vacía se señalan y se desmenuzan, uno por uno, todos los errores, las dejaciones, las puñaladas, las pamemas, las injusticias, las cacicadas, las oportunidades perdidas, las desvergüenzas y las estupideces que nos han llevado a la situación en que nos encontramos. Si ustedes creen saber por qué la educación en España está por los suelos, verán refrendadas sus opiniones, seguramente, pero además Javier Orrico les mostrará los pormenores del desastre, les ilustrará sobre los aspectos más letales de la maraña ideológico-administrativa de la enseñanza actual. Les señalará las falacias que manejan sus defensores. Les adiestrará en el reconocimiento de las imposturas y de los tópicos dominantes. Y se lo pasarán ustedes bien porque, encima, la prosa de Orrico divierte, deslumbra y regocija. Le hace a uno sonreír, aunque sea con un punto de amargura. Sin duda, Orrico es un profesor excelente, un acerado periodista, un escritor de raza y un intelectual de primera. Un intelectual, además, como Dios manda, lleno de honradez en sus criterios.

Por esa honradez, precisamente, a Orrico le sale un libro bastante desesperanzado. No desesperanzado en el sentido de apaga y vámonos, porque esto no tiene solución. Al contrario: según Orrico, la tiene. Y por eso no se limita a criticar, sino que apunta cuáles podrían ser las medidas que nos empezaran a sacar del pozo. La desesperanza viene cuando se contempla la realidad política española y se ve que ningún partido atina en los diagnósticos y mucho menos en las propuestas para arreglar la situación. Ninguno.

En fin, ustedes, que no son políticos, lean La tarima vacía, que les aclarará muchas cosas, además de ayudarles a definir y calificar con precisión todas las barbaridades que se han hecho y se siguen haciendo en España con la enseñanza. Y si hay algún político en la sala, instrúyase y espabile.

Javier Orrico, La tarima vacía, Alegoría, Sevilla, 2016, 248 páginas.

Singapur o cómo triunfar sin tener ni idea, por Manuel Ballester

Fuente: laopiniondemurcia.es
“Hace tiempo que se veía venir y ya algunos iniciaron la peregrinación a la Meca de los resultados PISA. Para ver cómo lo hacen, qué saben que nosotros no sepamos y aprender de los mejores, a ver si mejoramos. Por el contrario, yo voy a centrarme aquí en lo que no saben o no hacen”Resultado de imagen de pisa singapur

En ambientes educativos, Singapur está de moda. Es lo más.

Hace tiempo que se veía venir y ya algunos iniciaron la peregrinación a la Meca de los resultados PISA. Para ver cómo lo hacen, qué saben que nosotros no sepamos y aprender de los mejores, a ver si mejoramos.

Si quieren averiguar cómo una excolonia que alcanza su independencia en 1965, con un nivel educativo propio de pescadores y cabreros, ha logrado ser el número uno del mundo en las últimas pruebas PISA, ya tienen a su disposición estudios, artículos y libros (destacaría Quince cartas desde Singapur, recién traducido al español en México). Si quieren saber qué hacen y cómo lo han logrado, ese es el camino.Resultado de imagen de quince cartas sobre la educacion en singapur

Por el contrario, yo voy a centrarme en lo que no saben o no hacen. No por adoptar un enfoque original sino porque, a lo mejor, ahí hay una clave que podría interesar.

No tienen Educación Infantil. Como suena. No gastan un céntimo en Infantil, ni invierten (que a los puristas no les gusta el verbo gastar cuando se trata de educación). Los chiquillos ingresan en el sistema educativo a los seis años sin saber hacer la O con un canuto malayo.

Podríamos preguntarnos si es que no saben que en el mundo en que vivimos la escuela debe hacer posible la conciliación asumiendo la educación de los chicos desde la cuna a la tumba. Parece que no, que no lo saben. En cambio, impulsan políticas como financiar la compra de vivienda si se realiza cerca del domicilio de los padres. Tienen estas gentes la idea de que si vives cerca de tus padres, les endosarás los chiquillos a los abuelos. Así, lo que se gasta en financiar viviendas, se ahorra en la costosísima Educación infantil que el Estado del Bienestar proporciona desde el destete. Y los niños cuidados con los abuelos resulta que duermen más, juegan más y no llegan a los seis años ya con estrés en varios idiomas y esas cosas.

Total que los niños llegan a Primaria sin saber nada, sólo jugar.

Y empiezan la Primaria donde tienen exámenes de verdad. Exigentes, con publicación de resultados (esto no falla en ninguno de los sistemas que mejoran, en ninguno), y con consecuencias académicas. No saben que esos exámenes aquí los llamaríamos reválidas, les echaríamos agua bendita, pactaríamos el fusilamiento preventivo de quien los defienda, y a otra cosa. Ellos no lo saben: en los primeros cursos de Primaria hacen, incluso, exámenes de 90 minutos.

La séptima de las cartas a Singapur lleva por título Observaciones de la decana de una escuela de educación porque la autora, Christine B. McCormick, de la Universidad de Massachusetts quiere que queden al descubierto las vergüenzas pedagógicas del sistema. ¿No saben ustedes, pregunta la decana, que un niño a estas edades es incapaz de mantener la atención durante 90 minutos? Es que adquieren la capacidad de atender durante 90 minutos precisamente haciendo exámenes como este, le responden los singapurenses. En la misma línea, la decana se escandaliza al descubrir que «usan las pruebas para evaluar el rendimiento de los alumnos y no la efectividad de los profesores». Al parecer no saben lo básico de pedagogía. Por eso hicieron lo que hicieron, los pobres.

Para Singapur la evaluación es clave. Fundamental para los alumnos y esencial para los profesores. El objetivo de la evaluación de los profesores es que ellos mismos sepan cuál es su posición y en qué necesitan mejorar. Lo de la posición tiene que ver con que los profesores disponen de una bien remunerada y clara carrera docente. En dos ámbitos: docente y ‘administrativa’. Hay una carrera clara, como digo, es decir los profesores saben que pueden seguir progresando mediante el aprendizaje (aprendizaje del que pueden rendir cuenta en evaluaciones suyas o de sus alumnos, y supervisados a pie de aula por profesores de nivel superior en la escala docente), pueden tener más mérito y, por tanto, aspirar a puestos mejores y sueldos superiores.

Tampoco tienen Atención a la Diversidad: ni practican la inclusividad ni el igualitarismo o, dicho en palabras ajenas a la jerga pedagógica: no pretenden educar a todos los alumnos por igual sino que procuran que cada uno desarrolle al máximo sus capacidades (no que llegue a la media nacional o al aurea mediocritas, que dicen los clásicos). Como no hay inclusividad, hay centros especializados, con profesores especializados en ayudar a desarrollar sus posibilidades a los alumnos con necesidades educativas especiales (ACNEES). Y en el resto del sistema, muy competitivo, muy exigente, cualquier profesor sabe lidiar perfectamente con alumnos con altas capacidades intelectuales. Como no saben que es contraproducente instruir separadamente a estos alumnos, no sólo el conjunto de los alumnos singapurenses obtiene la primera posición sino que los ACNEES de Singapur están un 70% por encima de los USA que, para no saber pedagogía, no está nada mal.

Otra cosa en la que se muestran escandalosamente ignorantes es en la cuestión de los ‘valores’. Transmiten valores, eso es inevitable, pero no lo hacen directamente, no forman parten de currículo alguno ni son el credo de ninguna religión. No adoctrinan, en definitiva. Los valores que transmiten son, digamos, transversales: competitividad, mérito, esfuerzo, superación, responsabilidad, transparencia. Y cosas así.

Ya lo decía Pennac: ¡Qué bien enseñábamos cuando no sabíamos pedagogía! Los de Singapur todavía no saben pedagogía. Saben lo que es la realidad que les espera a sus alumnos, saben de rendimiento de cuentas por su trabajo. Y los profesores saben su materia y la transmiten con eficacia.

Juegan para ganar. A lo mejor por eso ganan.

La primarización de la Secundaria, por José Aguilar Jurado

Fuente: libertaddigital.es

Con la Logse se creó la Educación Secundaria Obligatoria, etapa educativa que ahí sigue, también en la Lomce  pepera. Se dijo en su momento que era un tremendo avance prolongar hasta los dieciséis años la obligatoriedad de la enseñanza, aunque hoy sabemos que tal avance consiste no más que en mantener en las aulas de los institutos a muchos jóvenes que no quieren estudiar y que hacen todo lo posible por demostrárselo cada día a sus profesores. Mantenerlos, además, al lado de otros alumnos que sí quieren, de otros que querrían pero no pueden y de otros que no saben muy bien lo que quieren. Es lo que se llama “enseñanza comprensiva“, mal calco del inglés “comprehensive school”. Es decir, un sistema que en principio agrupa a los alumnos por edad y no por conocimientos, aptitud o intereses.

¿Y esto funciona? Les pongo un ejemplo: se supone que cualquiera que estudie la asignatura de Inglés durante doce años debería dominar ese idioma con soltura. Pero en el sistema educativo español, nuestros jóvenes estudian doce años de Inglés (seis en Primaria, cuatro en la ESO y dos en Bachillerato), y salvo que se hayan apuntado a una academia privada, la realidad es que no se desenvuelven ni mínimamente bien en la lengua de Shakespeare. La razón de este fracaso es muy sencilla, y no se debe al plantel de profesores ni a la mala calidad de la raza en las nuevas generaciones. A ver. En ninguna de esas academias privadas de inglés agrupan a los alumnos por edad sino que lo hacen por niveles de conocimiento del idioma, como es lógico. Por eso no debemos sorprendernos del pésimo nivel de idiomas de nuestros jóvenes. Pésimo nivel que ahora se trata de paliar implantando centros bilingües, a ver si así sí (que muchas veces tampoco). Cuando lo único que se necesitaría es aplicar el sentido común. En la mayor parte de Europa aprenden bien las lenguas extranjeras en la enseñanza pública, sin necesidad de academias de apoyo ni de recibir clases en un idioma distinto del materno.

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“¿Qué es lo que hay que aprender? Pues aprender a aprender, a ser críticos con lo que pretenden enseñarnos”, por Fernando Savater

elpais.com

Siempre oí repetir que la enseñanza debe ser “crítica”. Nada de memoria, nada de llenar la cabeza de datos (¡se encuentran en Internet!), nada de que el maestro hable desde la tarima y los demás callen tomando apuntes, nada de asignaturas sin relación con la vida cotidiana (¿como las matemáticas, la historia o la gramática?) y nada de dar por hecho que uno sabe y los demás no. ¡Crítica ante todo! ¡El aprendizaje debe ser crítico, si me apuran más crítico que aprendizaje! ¿Qué es lo que hay que aprender? Pues aprender a aprender, a ser críticos con lo que pretenden enseñarnos. Cuando el maestro anticuado profiere como irrefutable cualquier tópico viejuno, v. gr. “París es la capital de Francia”, el alumno debe propinarle un certero “¡Eso lo dirás tú!”. Seguro que le desconcierta…

Abracé dócilmente esta rebeldía, hasta darme cuenta de que los críticos más contundentes son quienes mejor han aprendido aquello de lo que se habla: por plácido que sea su talante, los que saben aritmética no aguantan a los que dicen que dos y dos son cinco. Y tienen sus razones. Son precisamente esas razones las que deben enseñarse en la escuela, porque con ellas vendrá por añadidura el espíritu crítico, que no es simple afán de contradicción. Dos libros recientes, La conjura de los ignorantes (ed. Pasos Perdidos), de Ricardo Moreno Castillo, y Contra la nueva educación (ed. Plataforma Actual), de Alberto Royo, defienden esta asombrosa doctrina, la de siempre, y con ella el esfuerzo estudioso, el orden en el aula y el magisterio de los profesores, que no deben ser meros colegas lúdicos ni animadores emocionales de la comuna escolar. Y lo hacen de modo muy divertido: quien mañana ocupe la cartera de Educación hará bien en leerles.https://i1.wp.com/ep01.epimg.net/elpais/imagenes/2016/05/13/opinion/1463153165_802392_1463154143_noticia_normal_recorte1.jpg